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jueves, 1 de marzo de 2012

Los restos del mariscal Solano López

Por Efrain Cardozo

Alta y blanca cruz se levanta en el sitio, cercano al río Aquidabán, en que, según los documentos oficiales publicados en 1936 fueron exhumados el 2 de diciembre de dicho año los restos del mariscal Francisco Solano López para su inmediata traslación al Panteón Nacional de los Héroes, en Asunción  Un viaje efectuado en 1970 al grandioso escenario de la última batalla de la guerra de 1864-1870 renovó algunas dudas que ya en aquella época, hace más de setenta años, se tuvo acerca de la suficiencia de los métodos empleados para autenticar la sepultura e identificar los huesos atribuidos al mariscal López.
 Hasta el entonces ministro de Relaciones Exteriores, doctor Juan Stefanich, a fin de disipar recelos y desconfianzas, se vio obligado a publicar en “La Nación” de Asunción, el 23 de setiembre de 1936, una extensa información acerca del procedimiento seguido para llegar al importante descubrimiento.
 “La noticia del hallazgo de los restos del Mariscal”, comenzaba diciendo el doctor Stefanich, “después de sesenta y siete años de haber sido sepultados, produjo cierta actitud de sorpresa e incredulidad en la población.  Era necesario saber con certeza la relación exacta de los hechos y conocer con fidelidad la descripción de los restos hallados para ofrecer a la opinión nacional el testimonio auténtico y veraz de un hecho de profundo alcance histórico.  Un viaje interesante que acabamos de realizar a la ciudad de Concepción, acompañado del primer magistrado de la Nación (coronel Rafael Franco), nos facilitó los medios de cerciorarnos personalmente de todas las circunstancias y antecedentes que el público debe conocer en una exposición ajustada estrictamente a la verdad”.
 Y he aquí la exposición del Dr. Stefanich: “Es un hecho indudable que los restos del mariscal López y los de su hijo Pancho, coronel de la Nación, muerto también en Cerro Corá, fueron sepultados en dos fosas, próximas una de otra, a orillas del río Aquidabán cerca del sitio donde cayeron.  Los testimonios recogidos por la Comisión encargada de la exhumación y traslado de los restos se fundan en el conocimiento que de ellos ha ofrecido el anciano veterano don Bonifacio Obando, quien hace la siguiente relación de los antecedentes, ratificada últimamente ante el primer mandatario y sus acompañantes”.
 “Al terminar a guerra –dice Obando- tenía más o menos dieciocho años.  Eran mis conocidos y amigos en Asunción el teniente Benigno Frutos, encargado de la caballada del Mariscal y de su Estado Mayor, y Victoriano López, sirviente de madama Lynch.  Ambos me informaron en los primeros tiempos después de la guerra que sobre el paso del río Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente, por orden de madame Lynch, quien pidió permiso a dicho efecto a los jefes brasileros, sepultaron los restos del Mariscal y los de su hijo, en dos fosas paralelas al río.  Y que construyeron dos cruces de madera, las que fueron colocadas sobre las dos sepulturas”.
 “Los dos actores nombrados aludían con frecuencia a tales antecedentes –dice Obando- relatando hechos y circunstancias minuciosas de los sucesos históricos de Cerro Corá, en conversaciones frecuentes y habituales conmigo”.
 “Diez años después de la guerra, es decir en el año 1880, y en ocasión de viajar hacia los yerbales, Obando se encontró accidentalmente de paso por Cerro Corá, en compañía de un amigo ya fallecido, de nombre Gabriel Marín.  Descansando ambos en el paso de Aquidabán, encontraron las dos cruces expresadas, una de ellas sin brazo y la otra casi destruida ya por los viajeros que la desmenuzaban para llevarlas como reliquias.  Particularmente interesado por el conocimiento que tenía de los antecedentes, Obando se dedicó a localizar con algunas señales el lugar exacto de las tumbas.  Tomando como punto de referencia unos “arrecifes” –dice el relator- es decir, algunas piedras en el curso del Aquidabán, dirigí la visual hacia las cruces y me fijé en un árbol situado a unos cuarenta metros más allá de las sepulturas.  Con un machete me aproximé a pelar el árbol, sacándole una gran parte de la corteza”.
 “En el año 1897 –prosigue Obando- estuve por segunda vez en el mismo sitio, siendo mi compañero entonces Genaro Jiménez, no encontrando ya las cruces, aunque si el árbol marcado a machete”.
“En fecha 28 de agosto último (1936) se trasladó a Cerro Corá la Comisión Especial destacada desde Concepción, compuesta por Romualdo Irigoyen, del coronel y Jefe de la División de Concepción, don Higinio Morínigo, y de don Marcial Roig Bernal.  Acompañaban a la Comisión, los veteranos Bonifacio Obando y Genaro Jiménez y numerosos vecinos y familias de los viajeros”.
 “A las nueve de la mañana, del día 30 de agosto, la Comisión acampó en Cerro Corá, sobre la ribera del Aquidabán.  Desde allí y sobre la base de los informes suministrados por los nombrados veteranos, se practicaron las primeras exploraciones en busca de las dos tumbas.
 “El aspecto del lugar había cambiado.  Lo que en 1880 había sido un campo, estaba cubierto ahora de una selva espesa.  Los trabajos de exploraciones fueron, por consiguiente, dificultosos.  A raíz de las observaciones de ese día se resolvió trasladar el campamento en la proximidad del lugar denominado “Tapé Tuyá” sobre el río Aquidabán nigüí”.
 “El día 2 de setiembre fueron hallados los “arrecifes” en el curso del río citado.  Se abrió desde allí una picada en la dirección indicada por el veterano Obando, yendo ello a terminar sobre un árbol de Curupay, revisado el cual se hallaron a bastante altura señales de haber sufrido descascaduras antiguas”.
 “Se examinó detenidamente el sitio, hallándose a unos ochenta metros de la ribera del río dos hundimientos rectangulares del terreno a una distancia de un metro del otro, con la apariencia de sepulturas antiguas”.
 “En tal situación se procedió a invitar a las autoridades y vecinos de la población de Pedro Juan Caballero, quienes llegaron al sitio en corporación, tomando parte en la tarea de contribuir a la exhumación de los restos”.
 “Procediose a cavar las tumbas señaladas.  Se extrajeron algunos restos de madera, piedras mezcladas con tierra negra y colorada.  Y a la profundidad de un metro se encontraron algunos pocos y menudos fragmentos de huesos humanos que fueron cuidadosamente recogidos.  Era todo lo que restaba en las dos tumbas.  No había más”.
 “En medio de una emoción silenciosa se llenó una pequeña urna de madera con un poco de tierra extraída de las dos tumbas y en un pañuelo blanco se reunieron los pequeños fragmentos óseos, que fueron depositados en la caja”.
 “Presa de un hondo fervor, la multitud agrupada en el solitario lugar elevó sus oraciones en sufragio de los muertos por la patria.  Las sagradas reliquias del más grande defensor de la patria paraguaya vinieron a abandonar su soledad de más de medio siglo para venir a descansar en el corazón de su pueblo.”.
 “Una cruz de hierro será levantada en aquel lugar, santificado por el sacrificio, señalando el sitio de las dos tumbas al recuerdo de la posteridad”. Hasta aquí el relato del doctor Stefanich, a lo que parece, no fueron fuerza para desvanecer las dudas que expresamente se mencionaron.  Anunciada para el 12 de octubre siguiente la solemne traslación de la urna funeraria al Panteón de los Héroes, “La Nación”, en editorial del 7 del mismo mes, se refirió a “algo que parece preocupar a algunas personas y que incluso podría –de no aclarárselo anticipadamente-  restar parte de la grandiosidad que corresponde a las ceremonias del próximo 12 de octubre: la autenticidad de los restos del Mariscal”. 
 Y agregaba el vocero oficialista de entonces: “Las crónicas periodísticas dando los detalles prolijos de cómo la comisión especial destacada desde Concepción dio con la sepultura que guardaba los restos del Mariscal y de cómo se pudo todavía rescatar el polvo de algunas partículas materiales del héroe, no había sido, a lo que parece, parte para despejar algunas dudas.  Tampoco lo fue la relación de los antecedentes y testimonios relativos a la exhumación de tales restos dada a publicidad por el Dr. Juan Stefanich después de su regreso de Concepción a fin del mes pasado”.  Y finalmente: “Después de todo, nos preguntamos; ¿qué significación tendrían estas dudas frente al simbolismo del gran acto proyectado por el gobierno de la revolución y con el cual se va a dar satisfacción al auténtico y unánime sentimiento popular?”.
 Si persistían las preocupaciones acerca de la autenticidad de los restos, el gobierno no parecía mostrar mucha firmeza en sus convicciones como se desprende de estas últimas palabras que tienden a configurarlo todo –la exhumación y el depósito de los “pequeños fragmentos óseos” en el Panteón Nacional- como un simple simbolismo.  De todos modos, la versión oficial ofrecía demasiadas rendijas por donde pudieran colarse toda clase de incertidumbres.  En todo lo publicado no había nada que ayudara a generar certezas acerca de la autenticidad de los restos que se decían eran los del mariscal López. La información que se utilizó para ubicar la tumba provenía de una sola persona, el veterano Bonifacio Obando, que no había estado en la batalla de Cerro Corá, y que la obtuvo más de medio siglo atrás de otros veteranos, el teniente Frutos y Victoriano López, a cuyo cargo habría estado la inhumación de los restos el mismo 1º de marzo de 1870.
 No fueron consultados para verificar esos datos ni los historiadores nacionales especializados –Juan E. O’Leary estaba entonces en la plenitud de su vigor intelectual- ni la abundante bibliografía, documentación y cartografía existente acerca de la muerte del mariscal López.   Tampoco fue consultado un paraguayo eminente que poseía, según era notorio, información fidedigna acerca del lugar del entierro del mariscal López y que incluso lo conocía “de visu”, por testimonio del general Patricios Escobar que le señaló exactamente el sitio y que quiso ponerse de rodillas para jurarle que allí estaba la sepultura.  Nos referimos al venerable Arzobispo de Asunción, monseñor Juan Sinforiano Bogarín cuya declaración, signada por la Cruz, obra en poder, en copia fotográfica, del autor de esta nota, obsequiada por el Dr. Victor I. Franco.
 En cuanto a los huesos recogidos, tampoco se buscó el peritaje de los especialistas en osteología, que había entonces muchos y muy buenos, sobre todo en la Sanidad Militar, como efecto de la experiencia de la guerra del Chaco donde se pusieron a prueba las enseñanzas de nuestra Facultad de Ciencias Médicas.  Un somero examen científico de los restos hubiera determinado fácilmente si ellos correspondían a un ser humano y de las características anatómicas muy conocidas del mariscal López.   Solamente se tuvo en cuenta el testimonio de segunda mano del anciano veterano Obando, según el cual:  1º- Los restos del Mariscal y de su hijo Pancho fueron sepultados sobre el paso del Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente.
 2º- Ambos fueron enterrados en dos fosas distintas paralelas al río sobre las cuales se erigieron cruces.
 3º- Un arrecife del río y un árbol descascarado a machetazos en 1880 eran los puntos de referencia para la localización de las tumbas.
 Sin hacer hincapié en los procedimientos de la comisión exploradora de 1936 señalamos solamente algunos hechos.  Un arrecife como punto de referencia es sumamente impreciso porque en ese trecho del río Aquidabán no hay uno sino varios arrecifes, que aparecen, desaparecen, disminuyen o aumentan de número, según las crecidas o estiajes del río.  ¿Cómo pudo conservar el veterano Obando en su memoria el preciso arrecife que eligió en 1880 como punto de referencia?.
 Los exploradores de 1936 no buscaron las tumbas a cien metros como indicaba Obando, sino a ochenta, una vez localizado el curupay.  Ya no había rastros de cruces, sino dos “hundimientos rectangulares del terreno a una distancia de un metro del otro, con la apariencia de sepulturas antiguas”.  Se hace muy difícil creer que al cabo de sesenta y seis años –el tiempo transcurrido entre 1870 y 1936- el terreno aún mostrara rastros de las excavaciones, en forma de hundimientos de formas geométricas.  Nociones elementales de geología indican que la doble acción de la erosión y de la sedimentación, por efecto de lluvias, vientos, inundaciones, sequías, follajes, ramas secas, etc., alteran permanentemente la faz de cualquier superficie terrestre, y más aún en las inmediaciones de los cursos de agua, como es el caso.
 Que donde fuera efectuada la excavación se hubiera encontrado huesos humanos, no tiene nada de extraño.  Esa zona fue escenario de batalla.  Allí el grueso del pequeño ejército paraguayo al mando de los coroneles Juan de la Cruz Avalos y Angel Moreno defendió hasta la muerte el paso del río Aquidabán.  Según el relato del general Resquín las fuerzas paraguayas fueron exterminadas al avance del ejército brasileño, inconmensurablemente mayor en número y en armas.  Seguramente en ese sector no se ha de dar un paso sin encontrar el sitio de una muerte gloriosa.  Pero allí no estuvo el mariscal López, quien se encontraba en su cuartel general, y luego marchó en dirección al paso pero sin ir más allá de la mitad del camino, detenido ya por el incontenible avance del enemigo.
 La búsqueda fue de “dos tumbas rectangulares y paralelas al río”, según la referencia del veterano Obando.  “Es un hecho indudable”, dice el doctor Stefanich, que los restos del Mariscal y de su hijo Panchito fueron sepultados “en dos fosas, próximas una de otra, a orillas del río Aquidabán, cerca de donde cayeron”.  Ese “hecho indudable” no es corroborado por ningún testimonio, salvo el del veterano Obando.  En cambio todos cuantos relataron la dramática escena del entierro, están contestes en que padre e hijo fueron sepultados en una sola fosa.
 Dice el coronel Juan Crisóstomo Centurión: “Los dos cadáveres, padre e hijo, fueron colocados en la fosa que se había mandado cavar al efecto; pero en vista de que no había sido suficientemente profunda, a solicitud de la señora Lynch, se volvieron a sacar aquéllos, y ahondándola, fueron enterrados los dos juntos el uno al lado del otro, separados por una camada de tierra”.
 Juan Silvano Godoy reproduce el testimonio de Enrique Solano López, uno de los hijos sobrevivientes del Mariscal y dice: “Se desenterró el cadáver, se ahondó y ensanchó la fosa, tomando parte material en el trabajo el mismo Peixoto.  La señora Lynch compró en tres onzas de oro una sábana blanca, con la cual envolvió cuidadosamente el cuerpo del mariscal López que estaba completamente desnudo, y depositaron a su lado izquierdo el del malogrado joven Juan Francisco.  Cuando hubo quedado bien rellena la sepultura, continuaron la marcha emprendida”.
 Veamos ahora testimonios brasileños.  El vizconde de Taunay, que, aunque no estuvo en la batalla de Cerro Corá, escribió sus crónicas apelando a los protagonistas, relata: “El Supremo venía cargado en unos varapalo, sustentándole la cabeza un soldado de caballería…  Nuestros soldados contemplaron ese cadáver con curiosidad; las mujeres paraguayas danzaron alrededor.  El coronel Paranhos mandó apartar aquellas furias, y ordenó el entierro, siendo el cuerpo sepultado a pedido de la Lynch, en la misma sepultura que la del hijo Pancho”.panteon-nacional1
 J. Arthur Montenegro, en las anotaciones a la edición brasileña de las “Monografías Históricas” de Juan Silvano Godoy, publicada en 1895, dice: “Fue encargado de dar sepultura a los cadáveres el alférez Duarte P. de Oliveira, ayudante de campo del coronel Paranhos.  Este oficial, por descuido o a propósito, no hizo caso de los dichos jocosos de los soldados que cavaban la sepultura.  El cadáver fue traído al lugar de la inhumación acostado sobre cuatro varas y colocado dentro de la sepultura.  Mme. Lynch, que asistía a la escena, se quejó al general Cámara de las palabras impropias que oía de los soldados.  Entonces el general, reprendiendo severamente al citado oficial, ordenó que se hiciese cargo de ese servicio el entonces alférez Miguel Vieira de Novaes, ayudante de órdenes del coronel Paranhos.  Este oficial, condolido por la escena dolorosa a que asistía, y por mero sentimiento de delicadeza y humanidad, se presentó a Mme. Lynch que lloraba junto a la sepultura, pidiendo que ordenase lo que deseaba.  Los cadáveres estaban ya siendo enterrados, pero en vista del deseo de Mme. Lynch, el oficial los desenterró, mandó profundizar la fosa y reunió en una sola sepultura los cadáveres del mariscal López y del coronel Panchito, padre e hijo separados por una camada de tierra”.  (Montenegro afirma ser poseedor de los apuntes íntimos de madame Lynch).
 No hay discrepancias en los testimonios.  Una sola fosa reunió los cadáveres, apenas separados por una tenue capa de tierra.  Lo de las dos sepulturas rectangulares, cavadas a una distancia de un metro la una de la otra, como aseveró Obando, y que fue el dato básico para la excavación de 1936, no corresponde, por cierto, al modo como fueron enterrados los dos caídos en Cerro Corá.
 Con ser insalvable la divergencia, no es sin embargo la fundamental para la completa dilucidación de la autenticidad del hallazgo de 1836.  Según la información proporcionada por Obando, en que se basó la búsqueda, el enterramiento fue “sobre el paso del Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente”.  Es verdad que el descubrimiento de las tumbas, en 1936, no fue a cien sino a ochenta metros de la ribera, pero esa diferencia cabe dentro de la estimación aproximativa hecha por el veterano Obando.  Demos por sentado que se excavó en el mismo sitio donde en 1880 Obando creyó localizar las sepulturas conforme a los datos que le proporcionaron dos veteranos que dijeron haber sido quienes las habían cavado el 1º de marzo de 1870.  También admitamos, como un supuesto, que efectivamente fueron dos tumbas, en vez de una.  ¿Podría ser, una de ellas, la del mariscal López?.
 El veterano Obando pudo haber transmitido fielmente, punto por punto, los datos que había recogido poco tiempo después de terminada la guerra y en 1880 tuvo ocasión de trasladar en el terreno, dejando señales para una posible localización del lugar de la inhumación en el futuro.  La comisión exploradora pudo haber procedido correctamente en la prospección del terreno, conforme a los datos de Obando, sin necesidad de recurrir a otras informaciones.  Pero el teniente Benigno Frutos, encargado de la caballada del Mariscal y de su Estado Mayor, y el sirviente de madama Lynch, Victoriano López, ¿le dieron a Obando una relación ajustada de la verdad? ¿Es verdaderamente cierto que el mariscal López y su hijo el coronel Juan Francisco López fueron enterrados a escasa distancia del río Aquidabán, a ochenta metros de la ribera, según el relato de Benigno Frutos y de Victoriano López?.
 Corresponde abordar el punto central de este análisis.  ¿Qué dicen los testimonios acerca del lugar donde fueron sepultados los restos del mariscal López?  Ni Centurión ni Resquín aclaran el punto, pero nada dicen, como tampoco O’Leary, que la tumba fuera cavada cerca del río Aquidabán.  Godoy, que utilizó los datos de Enrique Solano López, escribe que madama Lynch se encontró con el cadáver del Mariscal, “cuando regresaba a pie al antiguo cuartel general paraguayo”, y que allí fue cavada la sepultura.  Tampoco la ubica cerca del río Aquidabán, y no podría hacerlo puesto que madama Lynch al aproximarse al cuartel general, desde el lugar donde estaba refugiada durante la batalla en su coche (ver mapa del coronel Aveiro), se alejaba del río.
 Si solamente por inferencias puede deducirse de estos testimonios paraguayos que el entierro no fue en las cercanías del río Aquidabán, hay otro de mayor valor, proveniente del general Patricios Escobar, que si no pudo participar en la batalla de Cerro Corá llegó al campo de acción el mismo día, vio la tumba del Mariscal, y años después, visitando el lugar, señaló al Arzobispo de Asunción (entonces Obispo) monseñor Juan Sinforiano Bogarín, el sitio exacto de la inhumación.
 El ilustre prelado documentó el hecho en un notable documento autógrafo, datado “Asunción, setiembre de 1936”, es decir en la misma época, mes y año, en que el ministro Stefanich publicó sus declaraciones sobre el modo cómo había sido hecho el hallazgo.  Poco tiempo antes de su muerte, monseñor Bogarín entregó el documento a Luis Escobar, hijo del general Escobar, y es en poder de los herederos de este inolvidable caballero que hoy se encuentra la importante pieza manuscrita.
 El documento consta de dos partes.  En la primera se refiere a la visita que hizo en 1906 con el general Escobar para localizar la sepultura del Mariscal; en la segunda refiere lo que el mismo general le relató acerca de las circunstancias de la muerte del general Francisco A. Roa.  Solamente transcribimos la primera parte.  Dice así:
 “Antes de describir mi viaje a Punta Corá –hoy Pedro Juan Caballero- que lo hice en junio de 1906, quiero dejar constancia de las conversaciones que, años antes, he tenido con el general Patricio Escobar, hoy finado.
 “En más de una ocasión, me pedía el nombrado General que, si alguna vez tuviese que irme a Punta Porá, le avisase a tiempo para acompañarme hasta Cerro Corá, donde cayó prisionero al terminar la guerra –de 1865 a 1870- y deseaba volverlo a ver antes de morir, a la vez que mostrarme la sepultura del mariscal Francisco Solano López”.
 “A esto yo le replicaba que de aquel entonces a la fecha de nuestra conversación, han transcurrido cerca de 50 años, que todo habrá cambiado allá; lo que era entonces campo sería hoy monte… motivo por el cual me parecía que le sería casi imposible hallar aquella sepultura.  A mi pesimismo contestaba que él se había fijado bien donde fue sepultado el Mariscal, en medio mismo de dos árboles que tendrían de diámetro de 4 a 5 pulgadas y distante uno de otro, unas 8 o 10 varas, y que si existen dichos árboles, esperaba encontrar el lugar y mostrármelo (subrayado en el texto)”.
 “Continuaba yo mis giras pastorales por los pueblos de la República, cuando me resolví misionar en aquel lejano pueblo de Punta Porá; avisé al General comunicándole el tiempo de mi próxima visita a aquel apartado departamento y él fue a esperarme en su estancia ganadera de Aramburú-cué”.
 “Llegado a la nombrada estancia, misioné allí durante tres días al cabo de los cuales emprendí viaje para Cerro Corá junto con el General y los sacerdotes que me acompañaban quienes fueron el Dr. Narciso Palacios y José Natalicio Rojas, llegando al histórico lugar nombrado el día 12 de junio a las 12.35 p.m. y hospedándome en un rancho, depósito de alambres custodiado por un brasilero de nombre Ovidio Freire”.
 “Hecha una ligera comida, montamos todos a caballo y nos dirigimos al lugar buscado.  Llegamos allí, el General detuvo su montado, quedó un momento pensando –como haciendo una reminiscencia- dirigió su mirada a su alrededor y vio los dos árboles –a que más de una vez se refería mucho antes del viaje- que son Curupay-itá, distantes, uno de otro, unas 10 varas y teniendo cada uno de 17 a 18 pulgadas de diámetro.  El General dijo: “de aquí al Paso Tuyá del río Aquidabán-nigüí habrá de setecientos a ochocientos metros”; lo que verificamos “de visu” y lo encontramos a esa distancia”.
 “Perfectamente orientado el general Escobar, me dijo: “Monseñor, yo voy a ponerme de rodillas para jurarle que en medio mismo de estos dos árboles está la sepultura del mariscal López” (subrayado en el original).  Yo le contesté que no había necesidad de tal juramento, que me bastaba su categórica afirmación”.
 “A pocas varas del árbol que quedaba al Oeste del otro, había unas tres o cinco plantas de Tala (Yuasy-y) lugar en que estaba la carpa de mando del Mariscal y que, muerto éste fue ocupado por el Jefe brasilero, quien lo era el general Cámara.  Me mostró el montículo –distante del lugar donde nos encontramos unas 150 varas- al pie del cual había sido él (Escobar) colocado –siendo entonces coronel, promovido a general después de la guerra, acompañado de sus pocos soldados famélicos y conservando allí mismo sus fusiles empabellonados”.
 Analicemos el importante documento que por primera vez ve la luz pública.  Según el testimonio del entonces coronel Patricios Escobar, que estuvo en el campo de batalla de Cerro Corá, el mariscal López fue sepultado entre dos árboles de Curupay, a pocas varas del lugar donde se alzaba la carpa de mando o tienda de guerra del mariscal López.  Cuando el general Escobar quiso dar mayor precisión a la ubicación, indicó que desde ese sitio al Paso Tuyá del río Aquidabán-nigüí, había de setecientos a ochocientos metros.  ¿Si la tumba hubiera sido cavada a ochenta o cien metros del río Aquidabán, por qué habría omitido Bogarín, tan notorio accidente geográfico como punto de referencia mucho más cercano que el otro mencionado?.
 Y la verdad es que el mariscal López fue sepultado si no debajo de su propia tienda de campaña, por lo menos en sus proximidades.  El general Cámara en una relación que transcribe “El Pueblo” de Asunción del 1º de marzo de 1894, procedente sin duda de algún periódico brasileño que no se cita, recuerda: “… mandé conducir el cadáver para el campamento, poco antes ocupado por él.  Dispuse sobre su entierro que se verificó a la vista de su madre y dos hermanas, debajo del toldo de paño que allí existía”.
 El coronel José Bernardino Borman, en su “Historia da Guerra do Paraguay” (T. III, p. 141, Curitiba, 1897), refiere: “El cuerpo del mariscal López fue transportado para el campamento para dársele sepultura en el lugar en que tuviera poco antes su tienda de guerra”.
 J. Arthur Montenegro, otro brasileño que hizo la campaña, en sus anotaciones a las “Monografías Históricas” de Juan Silvano Godoy (edición portuguesa), dice: “La inhumación tuvo lugar en el lado izquierdo de la enramada que horas antes sirvió de cuartel general y bien próximo al lugar donde debían, en ese día, ser ejecutadas la madre y la hermana de López”.
 En un documento oficial brasileño, de la mayor importancia, que el doctor R. Antonio Ramos dio a conocer en el número especial de “La Tribuna” del 1º de marzo de 1970 suscrito por el ministro de guerra del Imperio, barón de Muritiba, y dirigido al consejero José María da Silva Paranhos, entonces en Asunción, se lee: “El Emperador se admira de que Cámara no hiciese autenticar la muerte de López por medio de un examen en regla para ser debidamente publicado.  Entiende él que esto aún puede tener lugar por saberse que fue sepultado en una choza próxima a su tienda, después de habérsele sacado la levita y el chaleco de paño azul, dejando el cadáver con las botas y el pantalón también azul galoneado”.
 Aunque difieren los testimonios brasileños sobre el lugar exacto de la inhumación, ya que en ellos se afirma consecutivamente que lo fue en el propio lugar donde estaba la tienda de guerra del Mariscal, en el lado izquierdo de la enramada que servía de cuartel general, o en una choza próxima a su tienda, hay una evidencia, en que coinciden todos los documentos: al mariscal López se le enterró en la zona donde había establecido su cuartel general, ya sea bajo su propia tienda, o muy cerca de ella.
 Nosotros nos inclinamos a aceptar la versión del general Escobar: la inhumación fue a algunas varas de la carpa de mando, no debajo de ella, como lo afirma el general Cámara.  Esa tienda –“forrada de damasco de seda verde y alfombrada”, según el vizconde de Taunay- fue ocupada esa misma noche del 1º de marzo de 1870 por el general Cámara quien arrastró a su lecho a una de las hermanas de su víctima  ¡Lo habría hecho sobre la tumba recién abierta!  ¡Nos resistimos a admitir que pudiera llegar a tanto la monstruosa insensibilidad del inmolador del mariscal López!.
 De todos modos, bajo la tienda de guerra del Mariscal, o cerca de ella, bajo una enramada o en una choza o al aire libre, es evidente que la inhumación tuvo lugar en el radio del cuartel general, de que esa tienda era el punto central.  Todo, pues, se reduce a localizar el sitio, dentro del amplio circuito denominado Cerro Corá, donde al mariscal López instaló su cuartel general.
 Apelamos, en primer lugar, al testimonio del coronel Juan Crisóstomo Centurión a quien debemos la más completa y exacta descripción de Cerro Corá.  Dice así:
 “El campamento de Cerro Corá ocupaba un extenso espacio semicircular, limitado al Norte por el Aquidabán y los bosques que pueblan su orilla izquierda; al Sud por los (bosques) que pueblan la orilla derecha de uno de los brazos de aquel río, denominado Aquidabánnigüí; al Oeste también por bosques de las orillas mencionadas de ambas corrientes formando un boquerón que da entrada a un abra o potrero natural, y al este por un valle o planicie sin bosques por donde va el camino que conduce a Chirigüelo, distante unas cuatro leguas del campamento de Cerro Corá.  Más lejos al Sud del brazo del Aquidabán se ven unas elevadas montañas, con los lados cortados a pico, escarpadas y desnudas de vegetación, las cuales vistas desde la distancia parecen destacarse del centro de las inmensas selvas que la rodean.  Dichas montañas están colocadas formando un círculo; de ahí el nombre que se ha dado al paraje de que se tata.  El Mariscal estableció su cuartel general en medio del campamento, al pie de una isleta de arbustos.  Para el efecto, la hizo limpiar conservando para sombra los mejores de éstos.  Allí se agruparon los coches, carretones, y carretas cargadas de sus equipajes.  De este punto al paso del Aquidabán habrá unos 600 a 700 metros.  Al Norte a unas dos o tres cuadras del cuartel general, y también al lado de una isleta, se instaló la mayoría.  A la izquierda, a media cuadra, estuvieron acampados el batallón riflero y el escuadrón escolta.  El brazo del Aquidabán donde el Mariscal solía ir a pescar, dista del cuartel general unas cuatro cuadras”.
 La exposición del coronel Centurión es muy clara: “El Mariscal estableció su cuartel general en medio del campamento”, entendido éste como el extenso espacio semicircular situado entre el río Aquidabán y el arroyo Aquidabánnigüí, a unos 600 a 700 metros del primero y a unas cuatro cuadras del segundo.  Allí el Mariscal levantó su tienda de guerra y en torno de ella los demás locales de su Estado Mayor.  En consecuencia, mal pudo haber sido enterrados sus restos a unos 80 a 100 metros del río Aquidabán, como lo aseveró el veterano Obando en cuyos datos se basó la comisión exploradora que en 1936 buscó esos restos.  La información coincidente de fuentes paraguayas y brasileñas es que la inhumación se efectuó o debajo de la tienda de guerra o muy cerca de ella, en el centro del campamento, pero en ningún caso a más de medio kilómetro, en las proximidades de la ribera del Aquidabán, como se creyó en 1936.
 Acerca de la ubicación del Cuartel General se tiene un documento gráfico del mayor valor, por lo menos en este punto.  Se trata del “Plano de Cerro Corá según datos del coronel Silvestre Aveiro y del agrimensor Alberto Baumgart.  Por encargo de la Dirección de la Revista del Instituto Paraguayo, abril 21 de 1897”, que se publica en el número 6 de esa Revista, especialmente dedicada a la batalla de Cerro Corá.  Ese mismo plano fue incluido por Centurión en el IV tomo de sus Memorias.  Adolece de errores, algunos graves, como el curso equivocado que da al arroyo Aquidabánnigüí, al cual hace seguir dirección incorrecta, de S.E. a N.E., al oriente del Cuartel General, cuando que geográficamente su curso es del S. al N.O. del mismo cuartel.  Además las distancias aparecen distorsionadas: del cuartel general al río Aquidabán, Aveiro calculó 1.000 metros y del cuartel al Aquidabánnigüí, en el lugar donde el Mariscal fue herido, 1.500 metros, aunque por tortorales, es decir, no en línea recta.  Las distancias correctas son las que ofrece el coronel Centurión, pero de cualquier modo, este croquis confirma lo que el coronel Centurión explica en su descripción de Cerro Corá: el cuartel general, es decir, el lugar donde encontraron sepultura los restos del mariscal López, estaba en medio del anfiteatro, de 700 a 1.000 metros del Aquidabán, y nunca a 80 metros, donde ellos fueron buscados en 1936.
 Cumple a la honestidad histórica admitir una posibilidad: que hubo en Cerro Corá un segundo enterramiento (en puridad sería el tercero, pues consta que a pedido de madama Lynch el cadáver fue retirado de la primera fosa para excavarla más profundamente, y luego vuelto a ser sepultado en ella), y que esta nueva inhumación se hubiera efectuado en el lugar indicado por el teniente Frutos y el sirviente López al veterano Obando.  Mientras no aparezcan los documentos que corroboren tal hipótesis, quedan en pie los que indican como lugar de enterramiento el sitio donde estuvo instalado el último cuartel del mariscal López.
 Y por notable coincidencia, es precisamente en ese lugar donde se ha levantado el monumento nacional que perpetúa la gesta del 1º e marzo de 1870.  Allí están bajo esas lozas, las cenizas del mariscal López y no bajo la cúpula del Panteón de los Héroes.
 ¿Quiere decir que corresponde descalificar la autenticidad del puñado de tierra y de “los algunos y menudos fragmentos de huesos humanos” depositados en una urna en el Panteón el 12 de octubre de 1936 y desde entonces objeto de la reverencia nacional?  De ninguna manera.  Reproducimos aquí lo que escribimos al respecto en “La Tribuna” del 16 de agosto de 1963:
 “De todos modos, la presencia de tierra de Cerro Corá en esa urna reviste un valor representativo que justifica su guarda en el Panteón Nacional y su veneración por el pueblo.  Aunque no contenga precisamente los restos del mariscal López, ese puñado de tierra está empapado con la sangre del indomable puñado de héroes que libraron la última batalla, en el último confín de la patria, y que prefirieron morir antes que capitular.  Tiene la sangre del octogenario vice-presidente Sánchez que respondió a la intimación: “¿Rendirme, yo?  ¡Con esta espada jamás!”, y del niño Panchito López que enfrentó la muerte con un homérico: “¡Un coronel paraguayo no se rinde!”.  Y tiene, quien lo duda, la sangre del Mariscal de Hierro, de ese grandioso personaje escapado de la tragedia griega, tallado a golpes de maza en el urundey de nuestra selvas, nimbado de rayos y cataclismos, figura enorme, singular, y que purgó todos sus errores y todos sus pecados y ganó fama inmortal en la Historia, con su inmolación final y con esa frase, con que selló su apocalíptica carrera y que hasta ahora resuena en los cielos el mundo: “¡Muero con mi Patria!”.
 Por eso bien está la urna con la tierra de Cerro Corá y con el nombre del mariscal López, bajo la cúpula del Panteón Nacional y a los pies de la Virgen de la Asunción.

Fuente
Cardozo, Efraín – ¿Dónde están los restos del mariscal López? – Historia Paraguaya – Volúmen 13 – Asunción (1970)

Extraido de Revisionistas.Com.ar

martes, 21 de febrero de 2012

Un cipayo...antes, en el Barrio los llamábamos de otra manera

Por Daniel Brion

 
Mucho ha hablado quién, al crearse el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”, dijo: “… así estamos hoy en la Argentina. No tenemos ópera, pero hay abundantes cantantes, poetas y escritores de mitos y epopeyas, que conquistan la fantasía de su público. Los historiadores, por su parte, trabajan en las universidades y en el Conicet.”, el lunes 28 de noviembre de 2011, en el diario La Nación, fue muy crítico respecto de la creación del instituto. "El Estado asume como  oficial la versión revisionista del pasado. Descalifica a los historiadores formados en sus universidades y encomienda el esclarecimiento de la «verdad histórica» a un grupo de personas carentes de calificaciones. El instituto deberá inculcar esa «verdad» con métodos que recuerdan a las prácticas totalitarias. Palabras, quizá, pero luego vienen los hechos", expresaba Luis Alberto Romero. Aclaraba su firma, entonces, como “El autor, historiador, es investigador principal del Conicet/UBA”.
Inmediatamente ese CONICET -al que el académico historiador hacía referencia- se vió en la necesidad, por medio de su vicepresidente de Asuntos Tecnológicos, Faustino Siñeriz, a recordar a los científicos que integran ese organismo nacional que "Sólo la presidente (del organismo) o la persona en quien ésta expresamente delegue la facultad puede expresar de modo válido la opinión institucional del Consejo". A partir de ello Don Romero acuso de Mordazas en el Conicet, de limitar la voz de los científicos, claro que no advertía que era él quien hablaba desde un lugar que, estatutariamente, no le correspondía. Para Romero el Estado imponía su propia épica (¿?), agregaba “El revisionismo histórico, cuya tradición se invoca en este decreto, merecía un destino mejor. En esa corriente historiográfica militaron historiadores y pensadores de fuste. Julio Irazusta desarrolló una bien fundamentada defensa de Juan Manuel de Rosas, con sólida erudición, aguda reflexión y una prosa refinada. Ernesto Palacio dejó una Historia de la Argentina bien pensada y provocativa. José María Rosa, quizá más desparejo, tiene piezas de preciso conocimiento y convincente argumentación. Ellos y sus seguidores, como todos los buenos historiadores, cuestionaron las ideas establecidas, provocaron el debate y aportaron nuevas preguntas. Sobre todo, formaron parte de una tradición crítica, contestataria, irreverente con el poder y reacia a subordinar sus ácidas verdades a las necesidades de los gobiernos. La retórica revisionista, sus lugares comunes y sus muletillas, encaja bien en el discurso oficial. Hasta ahora, se lo habíamos escuchado a la Presidenta en las tribunas, denunciando conspiraciones y separando amigos de enemigos. Pero ahora es el Estado el que se pronuncia y convierte el discurso militante en doctrina nacional. El Estado afirma que la correcta visión de nuestro pasado -que es una y que él conoce- ha sido desnaturalizada por la "historia oficial", liberal y extranjerizante, escrita por "los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX". Los historiadores profesionales quedamos convertidos en otra "corpo" que miente, en otra cara del eterno "enemigo del pueblo".   Se preguntarán por qué hago referencia a todos estos dichos, ya suficientemente refutados por la misma sociedad, pues resulta ahora que el académico historiador Luis Alberto Romero, en el diario La Nación del martes 14 de febrero de 2012, se pregunta –firmando ahora como El autor es historiador. Es miembro del Club Político Argentino- ¿Son realmente nuestras las Malvinas?, y trata de dar una académica e histórica versión argumentando la falta de argumentos de nuestro país al respecto, dice Romero ahora “Me resulta difícil pensar en una solución para Malvinas que no se base en la voluntad de sus habitantes, que viven allí desde hace casi dos siglos. Es imposible no tenerlos en cuenta, como lo hace el gobierno argentino. Supongamos que hubiéramos ganado la guerra, ¿que habríamos hecho con los isleños? Quizá los habríamos deportado. O encerrado en un campo de concentración. Quizá habríamos pensado en alguna solución definitiva. Plantear esas ideas extremas -creemos que lejanas de cualquier intención- permite mostrar con claridad los términos del problema”, y remata argumentando “…Podemos obligar a Gran Bretaña a negociar. Y hasta convencerlos. Pero no habrá solución argentina a la cuestión de Malvinas hasta que sus habitantes quieran ser argentinos e ingresen voluntariamente como ciudadanos a su nuevo Estado. Y debemos admitir la posibilidad de que no quieran hacerlo. Porque el Estado que existe en nuestra Constitución remite a un contrato, libremente aceptado, y no a una imposición de la geografía o de la historia.

Ahora se puede advertir con claridad por qué estaba tan enojado Don Romero con la creación del Dorrego, le molestan como una piedra en el zapato quienes ante tamaña afirmación le puedan decir una sola palabra y recordarle el sentido de la misma.
 
Brota espontánea: CIPAYO, recordando para ser académico como a Romero le gusta: Un Cipayo (en idioma persa: Sipahi; en turco: Spahi, deletreado, Sepahi, o Spakh; en inglés: Sepoy, en francés:Cipaye; en otros idiomas europeos Sepahi o Espahí, debido al turco) era un miembro de una tropa de caballería de élite incluida dentro de las Seis Divisiones de la Caballería del ejército del Imperio otomano y que normalmente procedía del Magreb.
 
Origen del nombre: proviene del persa Sepâhi que significa "soldado", y posee la misma raíz que "sepoy". El estatus de los Sipahi se asemejaba al de los caballeros europeos medievales. El sipahi era el titular de un feudo (timar) concedido directamente por el Sultán Otomano, y tenía derecho a todos los ingresos del mismo a cambio de sus servicios como militar. Los campesinos del timar eran posteriormente añadidos al mismo.
 
Historia: el cuerpo militar de los Sipahi fue probablemente fundado durante el reinado de Mehmed II. Eran la más numerosa de las seis divisiones de caballería otomanas y eran el homólogo a caballo de los jenízaros, que luchaban a pie como infantería de elite. En tiempos de paz, los sipahis eran responsables de la recaudación de impuestos.
 
En el Imperio Británico, a quién sostiene en su artículo el historiador, se conocía como Cipayo a un nativo de la India reclutado como soldado al servicio del poder europeo, normalmente del Reino Unido, pero también extendido su uso a los ejércitos coloniales de Francia y Portugal. En forma específica, fue el término usado en el Ejército Británico de la India para el rango de recluta (o soldado raso) de la infantería.
Para entendernos, en idioma español: el término se utiliza de forma despreciativa para referirse a un secuaz a sueldo.
En la Argentina, el escritor y político Arturo Jauretche lo impuso en la terminología política para referirse a elites dominantes o ciudadanos funcionales a potencias colonialistas.
Finalizando, estimado historiador científico, que ha pasado de firmar como investigador principal del Conicet/UBA, a firmar como miembro del Club Político Argentino, lo de cipayo seguramente lo entenderá dado  excelente formación académica eso sí, en el barrio, en la calle, tomando un café, no le quepa duda, lo llamaríamos de una manera mucho más popular.

sábado, 18 de febrero de 2012

La Iglesia y el peronismo


Por Carlos Mugica, 1973 

 

En momentos en que el pueblo argentino se prepara a vivir lleno de gozo el acontecimiento histórico del regreso definitivo del general Juan Domingo Perón a la Patria es importante advertir la actitud de numerosos católicos que, insertados en la lucha por la liberación nacional se unen a esta gran alegría. Si históricamente hubo algún desentendimiento entre la Iglesia y el peronismo, desentendimiento que en realidad abarcó solamente a sectores de ambos lados, éste se debió, más allá de los errores fruto de actitudes personales, a incomprensión por parte de hombres de la iglesia del sentido profundamente liberador del movimiento popular. 

Se debió a que algunos de nosotros en lugar de analizar la realidad desde el pueblo, desde los pobres como lo manda Jesús en el evangelio, infectados por una mentalidad elitista lo veíamos todo desde una óptica oligárquica. Y claro que para la oligarquía el peronismo era el desastre, la hora de los "negros".   Pero para los hoy mis queridos cabecitas el peronismo fue, es y será, si continúa fiel a sus esencias y desarrolla su entraña revolucionaria, el movimiento de redención social más formidable que ha conocido nuestra Patria. 

Cristo nos enseña en el evangelio que el modo no ilusorio, no engañoso de estar cerca de El, es estar junto a los hombres. Amar a Cristo es amar a los hombres. Por eso San Juan de la Cruz dice que al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor. Cristo en el evangelio se identifica sin más con el prójimo, con el otro y por eso hace depender la suerte eterna del hombre del amor real, concreto y eficaz que haya tenido con su hermano. "Vengan conmigo benditos de mi padre porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me vistieron... Apártense de mí, malditos, porque tuve hambre y no mecieron de comer tuve sed, no mecieron de beber, estuve desnudo y no me vistieron" (Mateo 25, 30-46). 

Hoy los cristianos hemos comprendido que esta exigencia del amor no sólo tiene una dimensión personal sino también una dimensión estructural. Tengo que amar no sólo a nivel de individuos sino a nivel de pueblos. Y fue a nivel de pueblo que él peronismo a través de su paso por el gobierno realizó el mandato evangélico del amor real y verdadero a los humildes. Basten pocos ejemplos: 900.000 viviendas, leyes sociales que levantaron a los humildes de su situación de explotación inhumana y posibilitaron que el pueblo trabajador se fuera poniendo de pie. La gigantesca obra social realizada por la Fundación Eva Perón bajo la sobrehumana conducción de la inolvidable Evita, etc., etc.   Por eso es importante que hoy los cristianos, después de lavarnos la cabeza de tanta influencia laicista y liberal nos integremos en este proceso histórico que se ha iniciado en la Patria el 25 de mayo, no para traer agua para nuestro molino pretendiendo servirnos de algún trozo del poder para nuestras obras, sino haciéndonos pueblo, luchando con austeridad, honestidad y grandeza junto a los humildes por la liberación nacional. Es decir, asumir el ejemplo de Cristo que no vino a ser servido sino a servir y dar la vida por sus hermanos.  Ya es inminente la llegada del jefe del movimiento del pueblo. En esta hora histórica vale la pena recordar a través de sus palabras, que a veces los católicos hemos olvidado la definición que él nos ha dejado de la naturaleza del justicialismo en su mensaje al Congreso de 1952:

"A lo largo de este mensaje he analizado las realizaciones más concretas de mi Gobierno en materia social. Y movido tal vez por un afán de mostrar resultados evidentes, he insistido demasiado en las realizaciones materiales. Debo advertir que esto no significa que, en la escala de valores de nuestra doctrina, los bienes materiales tengan prioridad sobre los demás valores del hombre y la sociedad. De ser así nos pondríamos a la misma altura de los sistemas que han creado la caótica situación del mundo en que vivimos."
"En nuestra doctrina los valores económicos son solamente medio y no fin de la tarea humana, la cual, para quienes aceptamos y reconocemos en el hombre valores externos y espirituales, entraña un destino superior. Los bienes económicos son tan sólo la base material de la felicidad humana, así como el cuerpo es instrumento de la actividad del alma."
 "Nosotros procuramos la elevación moral de nuestro pueblo virtuoso e idealista y el desarrollo en su seno de una vigorosa vida espiritual. Sabemos demasiado bien por la experiencia de los años pasados bajo la explotación capitalista, que todo eso es muy difícil cuando la vida de la comunidad no se desenvuelve en un ambiente de cierto bienestar material. Pero sabemos también que el bienestar material de las naciones ha sido muchas veces en la historia la causa de grandes desgracias, de fatales decadencias. Porque cuando un pueblo se propone asumir en la historia un destino superior tiene que poseer profundas reservas espirituales, si no quiere causar a la humanidad más desgracias que beneficios."
"Creo que el pueblo argentino tiene un destino extraordinario que realizar en la historia de la humanidad y ésta será mejor o peor en la medida en que nuestro pueblo sepa cumplir con su deber histórico."
"Pero el éxito dependerá de las fuerzas espirituales que posee nuestro pueblo al enfrentarse con su propio destino."
"Me permito hacer en este momento un llamamiento a todos los que, de una y otra manera, tienen sobre sí alguna responsabilidad en la formación moral y espiritual de nuestro pueblo. Nosotros hemos creado todas las condiciones materiales necesarias para que un pueblo satisfecho pueda pensar en las tareas y actividades superiores del espíritu, y las hemos favorecido y fomentado en todos los grados de su escala."
"Es necesario que cumplan ahora con su deber los responsables directos de la educación y de la formación moral y espiritual de nuestro pueblo, pensando que sobre ellos descansa también, el mayor o menor grado, la felicidad del mundo venidero."
"Semejantes tareas, sin sentido para los que no ven en todo nada más que el resultado de fuerzas económicas y materiales, tienen fundamental importancia para nosotros, para quienes seguimos creyendo en los destinos eternos del hombre y de la humanidad."

viernes, 3 de febrero de 2012

Rosas, Urquiza y el drama de Caseros

Por Arturo Jauretche

El revisionismo histórico se ha particularizado en un momento de la historia argentina: el que va del año veinte a Caseros, aunque cada vez se extienda más, hacia atrás y hacia adelante. Su pivote ha sido la discusión de la figura de don Juan Manuel de Rosas y su momento. Explicaremos que no podía ser de otra manera porque es figura clave; tan clave, que la falsificación de la historia hubo de hacerse tomándolo como pivote a la inversa. Nada se puede entender sobre esa época ni lo que ocurrió más adelante, sino se trata de entender lo que significó Rosas.
La Patria Grande resurge por la aparición, en Buenos Aires, de una tendencia opuesta a los directoriales y unitarios, cuya expresión política es Rosas. Esta tendencia, que no se divorcia del pasado hispanoamericano, tiene la concepción política de la Patria Grande, es celosa del mantenimiento de la extensión, y si bien representa las tendencias predominantes del puerto, comprende la necesidad de una conciliación con los intereses del interior y representa los primeros pasos industrializados del país, en la economía precapitalista del saladero, que es propia.
La necesidad de mantener la aduana para conservar el poder unificador que exigía la permanente guerra internacional, como garantía del orden en peligro, es cosa que se olvida. Se le impuso cualquiera fueran sus puntos de vista teóricos. Anótese en cambio la ley de aduanas que significó la defensa de la industria del interior, que reverdeció bajo su influencia, restableciendo el trabajo estable y organizado en las provincias. Se pretende reeditar un viejo argumento falsificador, presentando a Rosas como a un unitario vestido de colorado, para lo que es necesario aceptar que los cándidos federales se engañaban. Por el contrario éstos eran políticos realistas; tal vez para ellos Rosas no fuera lo más federal pero era lo más aproximado a un federal que podía dar Buenos Aires, pues la opción eran los rivadavianos y sus continuadores. Es cierto que un antirrosista, Don Pedro Ferré, intelectualmente era el federal más profundo, pero éste, en los hechos, actuó siempre a favor de los unitarios, y en política son los hechos y no las ideas abstractas, los que valen.
En 1838, el primer ministro británico, Lord Palmerston, al constatar la insistencia de Rosas en el proteccionismo, “comunicó al ministro británico que no hiciera uso del derecho de protesta formalmente, pero que deseaba que el ministro aleccionara al Gobierno de Buenos Aires sobre las virtudes del libre comercio y la locura de los altos impuestos aduaneros, y que le señalara los perniciosos efectos sobre el comercio del país que con tanta seguridad se seguirían de aquellos”. “No hay duda –sostiene Vivian Trías– de que la virazón en la política aduanera de Rosas influyó en el cambio operado en las relaciones con Gran Bretaña”. En noviembre de 1845 una flota anglo francesa compuesta por 22 barcos de guerra, equipados con la tecnología militar más avanzada de la época, penetró en el Río de la Plata. El objetivo anglo francés era claro: imponer el libre comercio. Los objetivos de la política exterior inglesa consistían en: a) asegurar en la Cuenca del Plata un mercado para sus exportaciones y para sus créditos e inversiones; b) abrir la navegación de los ríos interiores; y c) crear un nuevo estado tapón conformado por las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones. La guerra que se desató entonces, de la cual la Confederación Argentina resultó victoriosa, fue calificada por el general José de San Martín la “Segunda Guerra de Independencia”.
El gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, que había logrado resistir con éxito la invasión anglo francesa, cayó el 3 febrero de 1852 en la batalla de Caseros. El gobernador de Entre Ríos, jefe del ejército de vanguardia que la Confederación Argentina había preparado para la Guerra contra el Brasil, luego de entrar en tratos con la diplomacia brasileña, decidió marchar sobre Buenos Aires y no contra Río de Janeiro.   

En 1851 Urquiza llega a la conclusión que, con el apoyo en tropas, armas, dinero y logística del imperio del Brasil, estaría en condiciones de eliminar el principal obstáculo para la “alianza” (léase subordinación) con Inglaterra. Ese obstáculo era Rosas. 

Caseros es la victoria de la patria chica, con todo lo que representa desde la desmembración geográfica al sometimiento económico y cultural: la historia oficial ha disminuido su carácter de victoria de un ejército y una política extranjera, la de Brasil. Si para los liberales y unitarios la caída de Rosas y la confederación significaba un cambio institucional y la posibilidad de un nuevo ordenamiento jurídico, para los intereses económicos de Gran Bretaña significó la destrucción de todo freno a su política de libertad de comercio y la creación de las condiciones de producción a que aspiraba. Para Brasil fue cosa fundamental. Derrotado siempre en las batallas navales y terrestres, Brasil tenía conciencia clara de que su marcha hacia el sur y hacia el oeste estaría frenada mientras la política nacional de la Patria Grande subsistiera en el Río de la Plata. Era necesario voltear a Rosas, que la representaba, y sustituirlo en el poder por los ideólogos que odiaban la extensión y que serían los mejores aliados de la política brasileña, destruyendo al mismo tiempo toda perspectiva futura de reintegración al seno común de los países del antiguo virreinato. 
Caseros significa así, en el orden político internacional, la consolidación de la disgregación oriental, altoperuana y paraguaya y las manos libres para su expansión para el Brasil, para su expansión definitiva sobre los países hispanoamericanos limítrofes, de los que la Confederación constituía el antemural. Lo que importa es dejar establecido que en Caseros triunfó la Política Nacional del Brasil por sobre la Política Nacional de los argentinos y que su resultado en la política de la guerra significa el abandono de la línea nacional. Pero lo más grave no consiste en que Caseros sea una victoria brasileña, sino que se la presente como una victoria argentina, porque ese punto de partida falso imposibilita la construcción de un esquema racional de nuestra política exterior y de defensa. 
Así, la revisión histórica se impone como una exigencia lógica para establecer las bases del razonamiento y del punto de apoyo de nuestras acciones. Sabiendo que Caseros es una victoria brasileña y una derrota argentina, la Política Nacional es una, e inversa, ignorándolo.  El debate en torno a la figura del Restaurador debe ser fecundo ,y no producto de la vanidad personal de Historiadores que se apoyan en los caudillos, simplemente por no dar su brazo a torcer respecto de Rosas

martes, 31 de enero de 2012

HERNANDARIAS: CAUDILLO DE LA PATRIA GRANDE

Por Luis Alfredo Andregnette Capurro 

Nació Hernando en Asunción en el Año de Gracia de 1560, siendo sus padres el Capitán Martín Suárez de Toledo y María Sanabria Calderón. Con estos progenitores corría por la venas del vástago la mejor sangre de España. Martín Suárez de Toledo era descendiente de los Arias de Saavedra con solar conocido en Galicia, de donde salieron para la Reconquista de Andalucía. En la galería de sus mejores hombres se encuentra un Arias de Saavedra, Mariscal de Castilla y Comendador de la Orden Monástico Militar de Santiago, que no había desmerecido sus ancestros que lo vinculaban a través de Leonor Martel con el Emperador Carlomagno. Por el lado materno nuestro héroe descendía de Juan de Sanabria, tercer Adelantado, que intentó llegar al Plata aunque la muerte frustró sus proyectos. Aquella misión fue continuada por su esposa doña Mencia, que con la jefatura de la expedición emprendió el viaje que culminó con la hazaña de hacer a pie, junto a sus hijas, el recorrido entre el Golfo de Santa Catalina y Asunción. De las dos hijas de los Sanabria Calderón nos interesa especialmente María, que casó en primeras nupcias con el Capitán Hernando Trejo naciendo entonces Hernando Trejo, que fue Obispo de Tucumán y luego fundador de la Universidad de Córdoba. Ya viuda, María volvió a casar con Suárez de Toledo, matrimonio cuyo primogénito fue Hernando y que la historia conocerá como Arias de Saavedra, al haber adoptado el nombre de uno de sus abuelos. Desde muy joven participó en un sinnúmero de expediciones fundacionales junto a Juan de Garay que más tarde sería su suegro. Su honradez y valor lo transformaron pronto en joven Caudillo como encarnación de la fe de guerreros y monjes que lo habían precedido. Llegó al gobierno en 1592 por decisión del Cabildo Asunceño. Durante los veinticinco años siguientes ocupó el alto puesto en cuatro oportunidades por designación directa del Virrey del Perú o de Felipe III, Rey de las Españas y Emperador de Indias. De su gestión es necesario destacar su preocupación por la educación y la dignidad del indio. Fue también fundador de colegios para las artes y oficios: en estas escuelas se dio comienzo al nacimiento del arte hispanoamericano en el que se trenzaron lo español y lo indígena. Las Casas de Recogimiento, instituidas por el César Carlos I de España y V de Alemania, en las que se daba asilo a las indias y mestizas hijas de cristianos difuntos fueron especialmente impulsadas por el Caudillo. Escuelas de primeras letras se erigieron para ser realidades concretas por Hernando Arias. Su preocupación por la Justicia lo llevó a dictar ordenanzas las que se confirmaron por un Sínodo que a sus instancias se reunió en Asunción durante 1603. Las disposiciones establecían la prohibición del trabajo a menores de quince años y a los mayores de sesenta. Se estableció el feriado de los días sábados para que los naturales pudiesen preparar sus oraciones del domingo. Combatió el concubinato y promovió las misiones jesuíticas y franciscanas con fines religiosos y militares para frenar la expansión de las depredadoras “Bandeiras” portuguesas. Particularmente importante fue su expedición a la Banda Oriental del Uruguay donde introdujo la ganadería. Puede llamarse desde entonces el primer estanciero uruguayo oriental, poseyendo tierras sobre el Río Negro y el Río Uruguay. Con visión geopolítica proyectó la fundación de Montevideo. Así decía en 1607: “Determinado tengo para la seguridad de esta Banda pasar a la otra Banda con gente y caballos y ponerlos en un puerto que se ha se descubierto y llaman Monte Vidio”. El título de “Protector de los Indios” le fue concedido por Felipe III quien le escribió en carta fechada en el Palacio del Pardo el 5 de mayo de 1612: “…olgado de que hayas aceptado y así continuéis favoreciendo y amparando los Indios mirando por su bien para que no sean vejados ni molestados…” Pero en el batallar por el bien común hay un capítulo que se extendió por años y que fue su lucha contra los mercaderes “portugueses cristianos nuevos”. En esta contienda Hernandarias sufrió persecución y cárcel la que soportó, el integérrimo criollo, con entereza cristiana. Todo comenzó con la apertura del Puerto de Buenos Aires para un cierto número de esclavos. El “asiento” había sido muy debatido por teólogos y juristas ya que como señala Solórzano en su “Política Indiana” estaba prohibido por numerosas “Cédulas Reales”. Concedida la apertura fue seguida de nuevos permisos para mercaderías. Todo degeneró en un alud de contrabandos con la ruina para las industrias locales y fortunas para la oligarquía de “cristianos nuevos portugueses”. La compleja situación escapa a la razonable extensión de este artículo. Pero veamos sus aspectos generales. En primer lugar la división social que mostró de un lado los mercaderes “portugueses” de dudosa sinceridad en su recientemente adoptada fe católica y por otro las familias enraizadas en la tierra, es decir los antiguos hidalgos de solar conocido. Hubo sangrientas querellas y misteriosos asesinatos, como el del Gobernador Negrón. Era la lucha contra el denostado monopolio establecido por las Cortes de Valladolid y las Reales Cédulas de 1565 y 1569 que recomendaban las industrias americanas. Las facciones surgieron con los nombres de los “Beneméritos” que agrupaba a los tradicionalistas y los “Confederados” es decir los asociados para un comercio fuera del control legal. En tal contubernio había funcionarios venales y los “mercaderes” vinculados a grupos de correligionarios en Amsterdam, donde finalmente llegaba la plata saqueada del Potosí. El informe del Procurador de las Provincias del Plata fue veraz y contundente. A él se agregaba el desarrollo fabril de México y Perú considerado como notable. Miles de obrajes consumían enormes cantidades de algodón Cochabamba era un ejemplo. Llegó entonces el contrabando de Buenos Aires y sus efectos fueron letales. Las manufacturas de la Patria Grande del Cono Sur fueron literalmente barridas. Burócratas iscariotes facilitaban las gestiones de los “mercaderes” que realizaban el contrabando ejemplar que consistía en hacer llegar barcos con cargas de esclavos y mercadería, denunciándolos para comprarlos a precio vil y revenderlos con ganancias usurarias. Los magnates estaban encabezados por el primer banquero del Plata que adoptó como nombre Diego de Vega o Veiga. De esta personalidad nos habla en un interesante trabajo titulado “Judíos Conversos” Mario Javier Saban nacido en la Argentina y conspicuo integrante del “Centro de Difusión de la Cultura Sefaradí”. En el capítulo XII, señala al acaudalado don Diego como “punto inicial para el estudio sobre las finanzas de la época”. “Llegó a ser unos de los promotores del Partido Confederado de claro corte portugués judaizante y en el momento lo encabezó como su jefe. Se enfrentó a los Beneméritos o Cristianos Viejos que deseaban aplicar las Ordenanzas Reales…” Y comenzó la persecución de los Beneméritos. El Caudillo fue arrojado en un calabozo inmundo. Se burlaron las normas más elementales, incluso la que ordenaba respetar al Gobernador del Guayrá (nueva jurisdicción de Hernandarias). El Justo fue escarnecido, difamado, embargado y “negado tres veces”. Pero Hernandarias sabía que sin Viernes Santo no hay Resurrección. Y llegó la Pascua a través del la Real Audiencia de Charcas la que sentenció el 9 de julio de 1624: “Buen Juez entero y limpio proceder en la Administración de Justicia y Observancia de las Cédulas de Su Majestad”. El Honor del Caudillo Hidalgo estaba vindicado. Descansó en la Paz del Señor el 22 de diciembre de 1631.


lunes, 19 de diciembre de 2011

La discusión Histórica es siempre sobre el Presente

 
Por Hugo Presman
 
En nuestro país hay una historia oficial escrita por los triunfadores de la guerra civil del siglo XIX. Miles y miles de estudiantes aprendieron esa versión en los libros de Alfredo Bartolomé Grosso, de Astolfi, de Ibañez, de Romero.
Eran los divulgadores de la historia escrita por Bartolomé Mitre, que en su versión infantil la contaba e ilustraba la revista Billiken.
Eran, usando un lenguaje  actual,  los dueños del relato.
Los que convalidaban los argumentos y las razones de una Argentina agropecuaria inserta en el concierto mundial como proveedora primaria de la Inglaterra industrial que suministraba los productos industriales que necesitábamos.
Era la historia escrita por los vencedores que se asumían como la civilización que había derrotado a la barbarie representada en los caudillos provinciales.
Bajo esas denominaciones ostentosas y falsas se ocultaba lo esencial: los
triunfadores eran los comerciantes importadores del puerto de Buenos Aires y los hacendados de la provincia. Mitre colocó de un mismo lado a adversarios irreconciliables como Rivadavia y San Martín.
El fundador de "La Nación" representaba los mismos intereses  portuarios que aquel al que calificó generosamente como " el más grande hombre civil en la tierra de los argentinos": es decir Bernardino Rivadavia.
La visión de ambos era pequeña y estrecha.  Era la de un país pequeño prolongación colonial de Europa.  Despreciaban a las provincias y carecían de la idea continental de San Martín, Artigas, Monteagudo, Moreno, Felipe Varela o Bolívar. Mitre en representación de los comerciantes del Puerto de Montevideo y Buenos Aires y en alianza con la nobleza portuguesa asentada en el Brasil, subordinada a Inglaterra, consumaron uno de los genocidios más notables del siglo XIX, arrasando el Paraguay, el estado más desarrollado de entonces, que lo había logrado con un férreo proteccionismo alejado a las banderas librecambistas portuarias y mitristas.
Juan Bautista Alberdi, el más notable analista de la segunda mitad del siglo XIX, cuya crítica al general que comandó las tropas en la guerra de la Triple Infamia , es una de las más certeras y lapidarias.
El notable tucumano reflexionaba sobre historia, actualidad y política escribiendo: "Entre el pasado y el presente hay una filiación tan estrecha que juzgar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente. Si así no fuere, la historia no tendría interés ni objeto. Falsificad el sentido de la historia y pervertís por el hecho toda la política. La falsa historia es origen de la falsa política"
La creación de un Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego ha alborotado a los sostenedores y
beneficiarios de la historia oficial.
Los neomitristas académicos, Mirta Zaida Lobato, Hilda Sábato y Juan Suriano que se cobijan bajo la figura de Tulio Halperín Donghi, que calificó al peronismo con la poca académica denominación de mamarracho, emitieron un comunicado en el que afirman: "El decreto pone al desnudo un absoluto desconocimiento y una desvalorización prejuiciosa de la amplia producción historiográfica que se realiza en el marco de las instituciones científicas del país - universidades y organismos dependientes del Conicet, entre otras- siguiendo las pautas que impone esa disciplina científica pero a su vez respondiendo a perspectivas teóricas y metodológicas diversas"
Beatriz Sarlo, desde las páginas de La Nación, donde es columnista destacada escribió bajo el título de "Puede ser arcaico, o puede ser peligroso": ". El Instituto de Doctrina podría convertirse en un rincón arcaico y polvoriento. Pero también podría ser un centro que  irradie su "historia" a la escuela. Allí se convertiría en algo más peligroso."
En cualquier nivel de enseñanza, se deben abrir el juego a todas las interpretaciones históricas.   Es llamativo que a la republicana escritora no le resulte arcaico y peligroso que los alumnos sólo accedan a la versión oficial, esa que configuró el fundador del diario al que defiende en forma solapada. Luis Alberto Romero, el hijo José Luis Romero,  rector interventor de la Universidad de Buenos Aires de la Revolución Fusiladora expresó: " El Estado asume como doctrina oficial la versión revisionista del pasado. Descalifica a los historiadores formados en sus universidades y encomienda el esclarecimiento de "la verdad histórica" a un grupo de personas carentes de calificaciones. El Instituto debe inculcar esa "verdad" con métodos que recuerdan las prácticas totalitarias. Palabras, quizás, pero luego vienen los hechos".
Fabián Bosoer desde Clarín, bajo el título "Sintonía fina en la historia"escribió: "La presidenta explicó días atrás, en su discurso en la UIA, la diferencia entre Argentina y los EE.UU: "Nosotros perdimos en Caseros; ellos ganaron la Guerra de Secesión, y por eso fueron la potencia industrial más fuerte del mundo".
  Bosoer le contesta: "Acaso la diferencia principal no sea que allí ganaron los que aquí perdieron sino que allí la guerra civil terminó en el siglo XIX, mientras  aquí continúo de distintas formas a lo largo de nuestra historia; hoy reactualizado bajo la forma de "batalla de los relatos".
  El periodista de Clarín parece ignorar que el modelo triunfante a partir de
la batalla de Pavón (1861), combate inexistente que Mitre ganó porque Urquiza se retiró sin luchar, y que dio inicio a una cacería en las provincias norteñas por los coroneles del traductor de la Divina Comedia.
  Esos dos modelos en pugna, en un equilibrio inestable, tienen historias diferentes y referentes antagónicos.
  Cuando fue derrocado el peronismo en 1955, los triunfadores reivindicaron la línea Mayo-Caseros, identificando a Perón con Rosas  y la denominaron "la segunda tiranía".
  La misma línea levantaron en forma implícita los golpes de 1966 y 1976, todos ellos apoyados por el diario La Nación, el guardaespaldas que dejó Bartolomé Mitre y desde donde diferentes escribas e historiadores dan clases de republicanismo y de ética histórica. 
También será resistencia hacer y hacerse preguntas incómodas: ¿por qué a Jauretche, a Scalabrini Ortiz, a Abelardo Ramos prácticamente no se estudia en las universidades nacionales?
  ¿Por qué personajes tan cuestionables, tan funcionales  a la dominación imperial económica, política y cultural se los exalta hasta el procerato y a alguno hasta se le honra  con la avenida más larga del mundo?
  ¿O será justamente por eso que se los exalta?
  Convencernos que abjurar de nuestro nacionalismo o confundiéndolo con chauvinismo, fascismo, es hacerle el campo orégano a los nacionalismos codiciosos de los imperios...
  Es positiva la creación del Instituto, más allá de las debilidades políticase históricas de su presidente.
  La reacción de los beneficiarios de la historia oficial es lógica y reafirma la posición habitual de esos sectores que sólo son democráticos en la medida que sólo ellos puedan expresarse.
  No se está discutiendo sólo el pasado, sino fundamentalmente el presente.
  Ese que le produce escozor al republicano periodista Nelson Castro, o pone
histérico al propagandista  primariamente liberal Marcelo Longobardi.
Es preciso tener siempre presente aquel proverbio africano: "Hasta que los
leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacerías seguirán
glorificando al cazador"
  Hace muchos años, el escritor británico George Orwell, aquél de "Rebelión
en la Granja" y "1984" describía lo que aquí se ha intentado de explicar en
una frase  de notable precisión: "Quien controla el pasado controla el
futuro: quien controla el presente controla el pasado"

domingo, 18 de diciembre de 2011

Crisis 2008, Marx y Perón

Por Enrique Oliva

Vale la pena agregar algunas consideraciones más a la justa apreciación de Marx sobre las crisis del capitalismo tal como se evidenció en 1929 y en la actualidad. En mi nota del 22 de este mes de marzo del 2008, transcribía unas líneas por él escritas en 1867 en su obra El Capital. Al respecto es de recordar que Marx murió en 1883. Es decir, 46 años antes de la crisis de 1929.
Es sabido que  Marx  popularizó la expresión alemana “lumpen”, incorporada al diccionario de la Real Academia Española, definiéndola como “capa social más baja sin conciencia de clase”. El término lo usó  contra México, al justificar la invasión y anexión a sangre y fuego de la mitad de su territorio a mediados del siglo XIX por parte de EEUU.
Es que Marx estaba convencido, e insistía vehementemente en ello, que la revolución de clases comenzaría en un país industrial avanzado, dando por probables a Inglaterra, Alemania o Estados Unidos. No creía en la capacidad revolucionaria de pueblos mayoritarios de lumpenproletarios. Por eso cuando unos socialistas le hablaron de intentarlo en Rusia, consideró la idea disparatada.
Creo necesario pensar que esta crisis actual puede llegar, como abundan las opiniones en esa dirección, a provocar el comienzo del fin del capitalismo salvaje. El desempleo y hambre genera, como lo vemos en la historia del siglo pasado, convulsiones caóticas que pueden llevar al poder a oportunistas con fuerzas políticas minoritarias pero con el dominio de las calles. Eso se dio con la revolución rusa y el nazismo germano, que sin contar ninguno de ellos con mayoría para llegar por vía eleccionaria al gobierno, tanto los bolcheviques como los nazis lo lograron. ¿O NO?    

El caso Juan Perón: Sin especulación política alguna, me atrevo a arriesgar el ridículo  ante la tilinguería reinante, por recordar cómo y porqué el General Juan Perón  fue plebiscitado por tercera vez presidente, hasta con votos de ex enemigos acérrimos: por ser  el único político estimado con influencia real y capacidad de lograr un mínimo de orden para encaminar al país con la consigna popular de “ni yanquis ni marxistas, peronistas”.          Además, Perón poseía la autoría de las tres banderas que siguen significando toda una  genial síntesis de política nacional expresada en seis palabras: soberanía política, independencia económica, justicia social. Desgraciadamente la muerte se lo impidió y volvimos a las desuniones. Pero sigue vivo su ejemplo, dejando la opción inevitable de que “el siglo XXI nos encontrará unidos o dominados”. ¡No queda tiempo para vacilaciones!

Interrogantes para un futuro cercano
¿A nadie se le ocurre que pueda repetirse en este siglo, o mañana o pasado, porque al punto determinante del inicio de las revoluciones no se les puede dar fecha precisa?
¿Es descabellado suponer la repetición de que, una situación  caótica generada en un gran país industrializado desemboque en una crisis a nivel planetario?  ¿Estamos los argentinos preparados para unirnos entre nosotros con un mínimo de políticas de estado para salir lo mejor librados posible de los males que afectarán al mundo, convenciéndonos que nuestra vía es la Patria Grande Suramericana que soñaron San Martín y Bolívar?  Esta posibilidad se hace más creíble por la carencia en estos momentos dramáticos de verdaderos estadistas a niveles internacionales, con el agravante de poseer cabezas nucleares.  La caída de un  dólar sin respaldo por el exceso de emisión descontrolada, con masiva desocupación, carencia de techos familiares, saqueos de hambrientos y encima discriminaciones raciales ¿no crearían el momento sorpresa de una revolución surgida de las calles, o una alteración caótica en algún país altamente industrializado, como pensaba Marx?